AMBROSIO. Diciembre 17 de 2009.
189 años de la muerte de Bolívar. El superhombre cuyo nombre opaca al de los demás venezolanos. Los demás no contamos. Si en el futuro un venezolano develara los poderes paranormales de la mente, otro el día de la invisibilidad, otro el de el transporte intergaláctico, otro el de la energía gratuita a través del rayo, ninguno sería capaz de igualar a Bolívar. No fue su culpa. Es nuestra forma de ser ingenua para quien hay dioses y diablos.
El párrafo anterior no guarda relación con Ambrosio, pero se asomo a mi mente y ahí queda.
Papá y tres de mis hermanos varones vivían en San Fernando de Apure en la casa solariega de los abuelos. En 1944 murió papá y mis hermanos decidieron que apenas dormirían en la casa, pero que había que poner un cuidador. Ese fue Ambrosio.
Imaginen un hombre de 1.40 de estatura, tuerto. Con el tope de la cabeza casi plano. Vestido con una camiseta y unos tucos. (Pantalones , hoy de moda, hasta mas debajo de la rodilla) y un invariable machete en mano derecha. Se movía silenciosamente. Uno nunca sabia donde se encontraba. Siempre estaba barriendo la casa y el patio y ocupándose del jardín bosque en que se convirtió el patio interior tras la muerte de Asdrúbal.
Si uno lo necesitaba y lo llamaba, casi nunca contestaba de inmediato. Al cabo de un largo rato aparecía sigilosamente a un lado contestando “Señor”. A mí me pegaba unos sustos tremendos cuando aparecía.
Cuando estaba en el patio agarraba cualquier animalito desde culebras y lagartijas hasta cucarachas. A estas últimas les hablaba de crueldad de la gente que las mataba sin necesidad.
Los diálogos con los animales era dirigidos a los oyentes cuando los había. En mi presencia hablaba del tesoro escondido en la casa, cuya locación variaba de día en día. Yo lo recordaba desde mis 10 años. Murió a principio de los sesenta, así que debo haberlo conocido por unos veinte años.
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