Creo que conté como habia nacido de un huevo que puso su madre, debido a la torpeza del obstetra Joseph Mengele.
Su madre se llamaba Amelia Alegría, venezolana, de inquieta vida.
Después de ponerlo, se trasladó a Berlín. Vivió los febriles años 30 del siglo XX, los que describe un film titulado Cabaret protagonizado por Liza Minelli. Estaba por terminar la República de Weimar, a la que le seguiría el régimen nazi.
Haha vivió con su madre hasta los cuatro años cuando su madre murió. No se sabe cómo llegó a la casa de su tío en Caracas.
Ese viaje tuvo que ser orquestado por Mengele. Me cuenta su primo que una mañana apareció en el zaguán de la casa de Don Chucho con un papel dirigido a él que decía:
"Este niño se llama Haha von Kaos, su madre fué Amelia, es su sobrino. En el banco Venezolano de Crédito hay una cuenta (acá aparecía el número de la cuenta y una contraseña) que espero alcance a mantenerlo por un tiempo. Siendo hijo de su hermana, entiendo que es su heredero. "
Junto al papel había una partida de nacimiento traducida del alemán y autenticada por el cónsul de Venezuela en Hamburgo, Rafael Paredes Urdaneta, así como un documento en alemán.
Me enteré de todo esto porque la familia de Don Chucho y la mía eran muy allegadas. El menor de esa familia, quizás mi mejor amigo, Hernán, me contó la historia cuando crecimos.
Desde ese día Hernán, Haha y yo nos convertimos en los tres mosqueteros. Tenía Hernán dos hermanas, Gisela y Magaly que lo antecedían cronológicamente, quienes fungieron de madrinas del trío. Haha y Hernán parecían gemelos. A mí me costaba distinguirlos, no tanto al principio, ya que Haha, recién llegado, hablaba un español sauerkraut, pero al tiempo perdió el acento y entonces ya los confundía.
Crecimos juntos. La madre de Hernán, (Doña Nina, casi mi madre, dulcísima pero estricta mujer) nos enseñó nuestras primeras letras y números. Yo era huérfano de madre.
Luego asistimos a una escuelita que tenían unas hermanas Ojeda por los lados de Platanal y al tiempo nos inscribieron en el colegio alemán llamado entonces Deutsche Schule. Allí estuvimos hasta que Medina Angarita, en el año 41, por presión de los EEUU, puso a temblar a Hitler declarándole la guerra.
Quizás mi última frase suene sarcástica, pero no lo es. En Venezuela había un sabio de apellido Nazoa (se carteaba con Einstein, enamoró a Marlene Dietrich, fué campeón de metras de El Hatillo, fumaba Camel, tocaba saxo tenor) que había inventado un arma muy original. Consistía en una máquina que al emitir ciertas ondas hacía que los que sintieran sus efectos abandonaran toda su agresividad. Hitler estaba al tanto del invento. Pio XII convenció a Nazoa que no usara el arma, o quizás el brazo secular de la Iglesia Católica chantajeó a Nazoa a través de un secuestro. Lo cierto es que Nazoa murió y su invento desapareció.
Cuando comenzó la guerra fuimos los tres mosqueteros inscritos en el colegio San Ignacio.
Hay que hacer notar que Don Chucho era un hombre de estrictas normas monetarias. Aprovechó